La grieta vertical

Revelar la b_squeda, la fuga, la grieta sin fin. El acontecimiento. Aqu_ hallar_n rastros de poes_a, cine, m_sica, noche.

La emisión de Amapola Trastorno Radio de hoy tendrá como primicia A The Knife y su nuevo disco, Shaking the Habitual (2013). 

Aquí una muestra de su creación musical, con el video de la primer canción del disco mencionado, “A Tooth For an Eye”. 

Aquí una declaración de The Knife respecto  de esta canción y su representación audiovisual:

‘A Tooth For An Eye’ deconstructs images of maleness, power and leadership. Who are the people we trust as our leaders and why? What do we have to learn from those we consider inferior? In a sport setting where one would traditionally consider a group of men as powerful and in charge, an unexpected leader emerges. A child enters and allows the men to let go of their hierarchies, machismo and fear of intimacy, as they follow her into a dance. Their lack of expertise and vulnerability shines through as they perform the choreography. Amateurs and skilled dancers alike express joy and a sense of freedom; There is no prestige in their performance. The child is powerful, tough and sweet all at once, roaring “I’m telling you stories, trust me”. There is no shame in her girliness, rather she possesses knowledge that the men lost a long time ago.

* * *

Hoy por Radio Universidad de Oaxaca, 1400 AM y por http://200.53.239.15:8000/stream.ogg [sólo abre en Firefox y Chrome]

Cuerda floja en carnaval

Rosario Temextitlan, Oaxaca, México, febrero 2013

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[Fotografía: JPRN]

The Books

—Free Translator

“Free Translator”, The Way Out (2010) / The Books

De laberintos

El laberinto, grieta ahondada, es una voz que arde.

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La vida es el laberinto cuya única salida —posible— es la muerte.

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 El laberinto es un discurrir del que no logramos desprendernos.

*

El laberinto es la vida, es la muerte; 

aleteo de anémonas y sauces arrancados.

*

Como todo laberinto, la vida nos extravía y nos religa.

*

Instante fulmíneo, la muerte nos agosta los pasos —en medio, adentro, antes o después, no importa.

*

La vida, la muerte, las buganvilias, el laberinto: de ahí somos y hacia ahí vamos. Crecen desde adentro.

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— JPRN

 

Somos una voz que envejece

Apuntes sobre lunes, jueves, domingo 

de Ana Paula Santana

 

Lo sonoro es omnipresente. Desde antes de nuestro nacimiento hasta el último instante de la muerte, oímos sin un instante de reposo. “No hay impermeabilidad de uno mismo ante lo sonoro”, refiere Pascal Quignard en El odio a la música (El cuenco de plata, 2012). Y la voz es una expresión-habilidad-acción eminentemente sonora. Por ello una pieza audiovisual que reflexiona sobre la voz y el tiempo, la impronta que el tiempo va dejando en la voz, contiene pertinencia plena. La voz, suma de voces que nos conforman.

Mediante una superposición de voces —y de días—, lunes, jueves, domingo (2012),de Ana Paula Santana, es una aproximación a las resquebrajaduras y grietas de la voz en el tiempo; una reflexión sobre las huellas que el transcurso, con su suma de instantes y años, deja en la voz,  aquella capacidad humana de generar sonidos articulados (y dije articulados que no necesariamente con carga semántica). 

Esta pieza conceptual fue construida a partir de la transposición de la voz de la creadora en tres canales: una voz distinta por cada día: lunes, jueves, domingo. En la proyección original de la pieza (una sala de exhibición), me cuentan, el escucha-espectador podía elegir alguno de los tres audífonos.

Conforme se suman capas de voz —una misma voz proferida en momentos distintos— se convierte en muchas voces. Así aparecen las preguntas sobre las huellas del tiempo en la voz —tanto la propia como la de la comunidad, infiero. ¿La voz envejece, se gasta?, ¿si hablara menos tendría una voz más joven? son algunas de las interrogantes iniciales. Para luego dar con ¿seré más vieja que mi voz o será mi voz más vieja que yo?, y con la pregunta clave, a mi juicio: ¿si la voz envejece será por una acumulación de voces o de días? Ambos cuestionamientos parecen ser el leit motiv y ritornellos del video.

La voz individual, como la de la comunidad (la voz de la tribu), también se va nutriendo de experiencias múltiples, de grietas de fatiga, que van dejando una pátina evidente, escuchable, sonora.

¿Qué le sucede a la voz?, me pregunto gracias a la disquisición de Santana. Para mí, sí, la voz envejece junto con nosotros. Se acumulan las voces y se acumulan los días. Las voces en los días y los días en las voces —las muchas que nos habitan.

Envejece la voz por las voces que contenemos y nos conforman. Por los días que hemos vivido y por vivir. Por el día de nuestra muerte. El tiempo, la memoria, todo es voz en mutación. Y capas de silencio. 

Somos una voz que envejece. En lunes, jueves, domingo, Ana Paula Santana nos lo recuerda entrañablemente.

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— JPRN

(Fuente: vimeo.com)

Fotograma de La sangre (1989), sorprendente ópera prima del portugués Pedro Costa, cineasta que merece mayor difusión de este lado del Atlántico.

— JPRN

Fotograma de La sangre (1989), sorprendente ópera prima del portugués Pedro Costa, cineasta que merece mayor difusión de este lado del Atlántico.

— JPRN

(Fuente: nebulosa)

Est_ en llamas el jard_n natal

(Fragmentos)

1

Fui desde mi casa, a la casa de los abuelos, desde la chacra de mis padres a la chacra de los abuelos. Era una tarde gris, pero, suave, alegre. Como lo hacían las niñas de entonces, me disfracé para pasar desapercibida, me puse mi máscara de conejo, y así anduve entre los viejos peones y los nuevos peones, saltando crucé el prado y llegué a la antigua casa. Recorrí las habitaciones. Todos estaban felices. Era el cumpleaños de alguien. Por los cuatro lados habían puesto jarritas de almíbar y postales. En medio de la mesa, una exquisita ave, un muerto delicioso, rodeado de lucecillas. El abuelo que siempre estaba serio, esta vez se sonreía y se reía; y antes de que bajase la tarde, me dijo que fuera con él al jardín, y que iba a mostrarme algo. Ya allá arrojó al aire una moneda; yo la vi rebrillar, al caer se volvió un caramelo, del que, enseguida, salió una vara larga y florida como un gladiolo, a cuya sombra yo me erguí, y que creció aún más, después, y duró por varias semanas.

          Yo soy de aquel tiempo,

los años dulces de la Magia.

 

2

Recuerdo mi casamiento, realizado remotamente; allá en los albores del tiempo.

Mi madre y mis hermanas se iban por los corredores. Y los viejos murciélagos —testigos en las nupcias de mis padres— salieron de entre las telarañas, a fumar, descreídos, sus pipas.

Todo el día surgió humo de la casa; pero, no vino nadie; sólo al atardecer empezaron a acudir animalejos e increíbles parientes, de las más profundas chacras; muchos de los cuales sólo conocíamos de nombre; pero, que habían oído la señal; algunos con todo el cuerpo cubierto de vello, no necesitaron vestirse, y, caminaban a trechos en cuatro patas. Traían canastillas de hongos de colores: verdes, rojos, dorados, plateados, de un luminoso amarillo, unos crudos; otros, apenas osados o confitados.

El ceremonial exigí que todas las mujeres se velasen —sólo les asomaban los ojos, y parecían iguales—; y que yo saliera desnuda, allí bajo las extrañas miradas.

 

Después, sobre nuestras cabezas, nuestros platos, empezaron a pasar carnes chisporroteantes y loco vino. Pero, bajo tierra, la banda de tamboriles, de topociegos, seguía sordamente.

A la medianoche, fui a la habitación principal.

Antes de subir al coche, me puse el mantón de las mujeres casadas. Los parientes dormían, deliraban. Como no había novio me besé yo misma, mis propias manos.

Y partí hacia el sur.

 

3

Una tarde en que llovía misteriosamente sobre las cosas, y andaban por el jardín los cangrejos con su piel patética, y los hongos venenosos echaban un humo gris, y habían venido las vecinas, al través de las plantas todo mojadas, de los tártagos de ásperos perfumes, a visitar a mi madre, y estaban, de pie, riéndose, cada una con una langosta en el hombro, verde, brillante, recién caída del cielo, un caracol de azúcar; pero, sin darse cuenta de nada, se reían, y mi madre les contestaba riendo. Las vecinas con sus altas coronas de piedras de agua, parecían unas reinas salidas de la laguna, de lo hondo del pastizal.

Y yo, sin rumbo, allí, avanzaba, retrocedía, iba hasta la casa, salía, mirando pasar la lluvia, las nubes, la historia del jardín. 

 

5

 Me acuerdo de la casa —no sé por qué, de los días de tormenta—, cuando volvía de la escuela, casi huyendo, o no me dejaban ir a la escuela, y mamá, de pie, llamando a la pollada, las gallinas que cruzaban el jardín con las alas abiertas, seguidas por sus pollos de colores, rosados, celestes, amarillos, aquel alucinante pío-pío, y las nubes insólitas y grises, que, por un instante, barrían la huerta —los duraznos de mantón florido, los ciruelos de frío azúcar— y la devolvían enseguida, transparente bajo la lluvia, el arco iris, casi al alcance de la mano, todo de menta, de pimpollos.

Y las noches de los días de borrasca, con el aire diáfano, cuando se hacían visibles los animales del bosque, la zorra que ladraba y se reía, la comadreja y su canasto de hijos, que llegaban adentro mismo de la casa y nos robaban un bicho, un pedazo de cuero.

Y las horas deslizándose, mudas, después.

Y yo, allí, de pie, inmóvil, en el umbral, esperando no sé qué, que algo cayese del cielo, está en llamas el jardín natal.

[…]

 

— Marosa di Giorgio (1932-2004)

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De Está en llamas el jardín natal (1971), en Los papeles salvajes, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2008.

Jeanne Moreau

—Le tourbillon (Jules et Jim)

“Le tourbillon de la vie”, Jeanne Moreau.

En Jules et Jim (1962) de François Truffaut.

Campo-contracampo

Oaxaca, Oaxaca, México, 2012

[Fotografía: JPRN]

Luvina

(Fragmentos)

 

—Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.

[…]

—Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.

[…]

Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso… Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:

—¿Qué es? —me dijo.

—¿Qué es qué? —le pregunté.

—Eso, el ruido ese.

—Es el silencio.

[…]

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— Juan Rulfo

De “Luvina”, en El llano en llamas, México, FCE, 1953.

San Juan Luvina 
Oaxaca, México, febrero, 2013
[Fotografía: JPRN]

San Juan Luvina

Oaxaca, México, febrero, 2013

[Fotografía: JPRN]

Amapola trastorno

(De Fuego de pobres)

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8

 

Amapola trastorno,

exaltación morada, disparate.

Salga lo que saliere.

 

Y qué estruendo de alas, y qué dulce

lastre sentimental sobre la lengua,

y amistad en las manos, ofrecida

sin ponderar, qué arrebatada.

 

Comulgar en la música aspereza,

junto al estribo ya, de amanecida,

con mujer desolada, y el rasgueo,

y la última vez, y el aguardiente,

y sollozar a frutas.

 

Salto, furor de gozo, pataleo

de quien pide encontrarse,

con la prisa amantísima del ánima

que al fin tocó el fraterno

—ay, engañoso; ay, ay, inconvincente—

universal llamado.

 

Yo ya me voy. Deslúmbrame

el metal decadente de la barca

que habrá de conducirme. Y el camino.

Porque me voy mañana. Yo me parto.

Vengo a decirte adiós para olvidarte.

 

Lucen de adentro las canciones

que me vienen de afuera. Si me dieran,

al menos, no morir tan lejos.

 

—Mexicano el acento desgarrado

de plumas claras y de flores

y me enriquece de arrobadas turquesas—.

 

Yo sé, yo ya me voy; yo reconozco,

como si me doliera, la indudable

armazón altanera

del halo corporal que me circunda.

 

Propenso al celo ardiente, y al hipérbaton

sanguíneo y los mercados,

y al encabalgamiento de los ojos

viriles en los pares argumentos

de la media naranja; multiplícanse

ternura por fervor, y el resultado

quema entre sangre y piel y piel desnuda.

 

Tartamudo, efusivo intraducible

entusiasmo del habla. La recámara

suntuaria y sin pesar de la memoria.

Abierta y enjoyada.

También. Contento. Compañera.

 

Aunque comience y me sujete

por los tobillos este centro

fijo de rueda de molino.

 

Me columpio, vuelvo a subir, volteo;

aspa de graves órbitas iguales

recorridas de frente, con ronquidos

de ventarrón en las orejas.

 

Hélice a la mitad, desmorecida,

nauseosa, mecánica,

bajando al fondo del quedar durmiendo

 

 

— Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013)

 

Fuego de pobres (1961)

En De otro modo lo mismo, México, FCE, 1979. 

 

 

“Farewell”, Like Hearts Swelling (2003), POLMO POLPO

El señor Sandro Perri en uno de sus proyectos decisivos.